De bar hopping por el Viejo San Juan

De la calle Fortaleza a la calle Sol, un paso no es. Así que para bajarle dos a la caminata empezamos nuestro recorrido (o noche de bar hopping) por cuatro de los bares más concurridos del Viejo San Juan, con una Medalla bien fría, una manifestación triunfante para comenzar a desvestir la noche.

La bartender Amanda Ríos Nieves fue mi guía en esta ocasión especial. Quedamos en encontrarnos a eso de las 6:30 p.m. en Pirilo, la famosa pizzería sanjuanera y ya, como es de esperarse, la boca se me hacía agua pensando en las empanadillas de carne con salsa alioli. Pero el lugar estaba lleno —como también es de esperar— y un mensaje de texto se encargó de hacer el resto: quedamos en vernos en St. Germain, ubicado en una esquina de la calle Sol.

De allí partimos y comenzamos nuestra noche de bar hopping hacia la primera barra, El Farolito, una especie de pasillo emblemático con jangueo hasta las 7:00 a.m., como mínimo.

El Farolito

Entramos al lugar de lado, por una puerta de persianas medio abierta. Avanzamos hasta la barra, a lo mejor dos pasos.

Bodega Blush El farolito 1 Bar Hopping
Imagen tomada de su fanpage.

Amanda saludó más adelante al bartender y nos sentamos al final de la línea de stools para hablar de lo que significaba ser bartender en el Viejo San Juan. En nuestro lado de la barra, con que nos sirvan el trago bueno y rápido, es suficiente.

Del otro lado, conlleva más. Es conocer las medidas que te acercan a un coctel equilibrado. Es actualizar tus conocimientos, conocer las barras y sus ofrecimientos, tener disciplina, abastecer y limpiar tu área de trabajo. Es hacer las veces de psicóloga y generalista, tener aguante para las jornadas fiesteras y amar el ambiente tanto como la bebida

Esto último lo digo porque como me explicó Amanda —y más tarde comprobé— siempre los bartenders y mucho más los mixólogos, están inventando nuevas combinaciones que entretengan y despierten el paladar de sus clientes. Es en ese back and forth, en ese ajuste de medidas entre licores, bebidas, jugos, frutas y especias que tus colegas y amigos bartenders fungen como los mejores jueces. Hay que probar lo que venga y, usualmente, viene con alcohol.

Aclarado este punto, sigamos de bar hopping…

Al lugar llegan muchos de los bartenders que trabajan en la zona adoquinada al finalizar su turno. Es un bar rústico, sin mucho adorno más que una pared pintada con estampas que aluden a la ciudad vieja. También allí, la estrechez es lo de menos. Al fondo, un arco en ladrillo da paso a una diminuta sala con una escalera en madera. Desde abajo puedes ver que ésta conduce a un tipo de balcón interior en la que una mesa y tres personas consiguen llenar el reducido cuadrante.

Así de diminuto El Farolito, uno de los pocos bares a los que se llega por invitación, por referencia, por el word of mouth, por la convicción y el deseo de ese pana que quiere que la pases bien y que te sientas en familia

Es de afortunadas escuchar que te lo sugieran; de seguro has pasado con éxito cualquier prueba gestada sin tu conocimiento y eres de confiar, transmites buena vibra, sabes dejar propina y aportas al ambiente, no le restas ni estás de más, contó Amanda. También puedes ir por tu cuenta, pero si una o un bartender te lo sugiere, básicamente le has caído bien y eso es casi como haber encontrado a tu estilista perfecta.

Bodega Blush, El Farolito, Bar hopping
Foto “prestada” de Foursquare.

Luego pasamos a hablar de su día anterior y la difícil tarea de decirle a un cliente que no le puedes servir un último trago porque físicamente no debe beber más. En resumen, una carta difícil de jugar pero necesaria en su debido momento.

Dispuestas a continuar la charla en El Mezzanine at St. Germain, pagamos la Medalla. Amanda se despidió y partimos.

Cuando pasamos frente al hotel La Terraza, ella con sus botines de altura mediana y yo en unas flats que gritaban cansancio, mi guía aprovechó para saludar desde la acera a su pana y bartender Waldy. El hombre justo terminaba de preparar una variación del Martini y había que probarlo. Fue así como nos convertimos en las primeras catadoras y, sin esperarlo ni proponerlo, presencié la dinámica a la que están expuestos.

El Mezzanine

Luego subimos al Mezzanine, ubicado encima de St. Germain. El giro fue de 180 grados.

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El elegante recibidor del Mezzanine. (Bodega Blush)

El espacio guarda historia nacionalista en sus paredes y memorabilia de Pedro Albizu Campos, por haber sido la casa del prócer puertorriqueño. La luz, ni tenue ni brillante, sino perfecta, te deja apreciar los detalles de la losa criolla, las cortinas y el romanticismo de época que guarda.

“El Mezzanine es una de las experiencias más bonitas en el Viejo San Juan. Es una experiencia íntima, personalizada. Tienes buena variedad de cocteles, ambiente, comida hasta tarde, buenos precios y buen servicio, que para mí, es lo más importante”, abundó Amanda

Entonces llegó el momento de pedir algo de picar. En mi caso unos taquitos suaves de carne y en el de Amanda una tarta de atún, ambas deliciosas y plenamente recomendadas.

A los aperitivos le siguió el coctel favorito de mi guía, elabaorado con whisky Eagle Rare, angostura bitters, bitters de cereza, cáscara de naranja y una black cherry.

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El coctel favorito de Amanda. (Bodega Blush)

“Aquí descubrí mi coctel favorito, un old fashion. Me encanta porque si se hace bien es súper balanceado, baja bien suave a pesar de ser spirit foward, en su mayoría alcohol. Es para tomarse tranquilo, con calma, igual que el ambiente”,  explicó la bartender, quien había trabajado en el lugar junto a Onairam González, un neurótico de las barras ordenadas y limpias.

Hablamos brevemente con él, pero ya era tiempo de subir las escaleras y conocer una sangría divina.

Alfresco Rooftop Wine Bar

Hay quienes prefieren su sangría cargada de azúcar, pero este no es el caso de la también bartender Kyria Navarro, quien junto a Andrés Zengotita nos esperaban un piso arriba, en lo que se conoce como Alfresco, con un amplio inventario de vinos.

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Kyria Navarro, bartender de Al Fresco. (Bodega Blush)

Navarro nos contó sobre la elaboración de sangrías sin pizca de azúcar extra. Ella es de las que se vale del jugo de china para acertar con una propuesta equilibrada, que cautiva paladares independientemente del sexo. “Eso de que las sangrías les gusta más a las mujeres, te diría que no tiene que ver. Aquí muchos hombres la piden”, sentenció Navarro, y es cierto.

Hombres, mujeres, Amanda y yo pudimos degustar el delicioso coctel y, al menos en mi caso, no me hizo falta el toque dulzón, ese que a veces descubres que está de más. El momento se prestó para hablar de los clientes, el tinto de verano, la popularidad de la sangría…

Así, luego de acomodar nuestras carteras en unos ganchos debajo del tope de la barra, Kyria nos dio a probar otro trago. Se trataba de una creación inspirada en el lemon pie, a la que la bartender llama Lemon Sweetness. Por segunda ocasión, me encontraba dándole sorbos a un coctel que no estaba en mis planes. ¿Pero quién le dice que no a una muestra como esa?

La Factoría

Llegamos a La Factoría a eso de las 11:00 de la noche.

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Barra principal de La Factoría. (Bodega Blush)

Se trata de uno de los bares más populares de la zona y ese martes la rumba la pondría Roberto Rohena. Una lástima que no me quedara hasta verlo tocar.

Para compensar, pedí el Lavender Mule. Este coctel lo declaré como uno de mis favoritos porque es demasiado sutil para ser alcohol. Es casi como el remedio de la abuela pero más rico y con mayores beneficios, o por lo menos en lo que a pasarla bien se refiere

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Mi Lavander Mule de la noche. (Bodega Blush)

También conocí a otras dos bartenders súper ocupadas en lo suyo y una de ellas, hablando entre una cosa y cosa, mencionó cómo muchas veces, con un trabajo que no para, que es constante, ir al baño debe ser un asunto tan programado que prefieres aguantarte y esperar hasta el límite.

Ya al final, pasé rápidamente por las demás áreas en las que se divide La Factoría. En total son cuatro y cada una tiene su barra. En una de ellas puedes pedir algo de comer y sentarte tranquilamente. Me fui del lugar con la ganas de quedarme.

De regreso, Amanda me acompañó por un tramo del camino, nos despedimos como cuando te despides de una nueva pana inmejorable. Mi noche triunfante terminaba de camino al parking de Doña Fela. Volvería ahora mismo si pudiera.

Claudia Hilario

Fundadora y Editora

Dominicana criada en Puerto Rico. Le encanta la pizza y la cerveza fría, casi tanto como el chocolate caliente. Prefiere el maquillaje relativamente sencillo y trata de reusar y reciclar mucho de lo que va a parar a su casa. Trabajó por 10 años en GFR Media como editora y reportera de Suplementos Primera Hora.

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